Meluk le cuenta… (Egan, el nombre de la rosa)

Egan Bernal extendió sus brazos como si fuera a agarrar al mundo entero. Soltó el manubrio del que se aferró por 29 kilómetros y 960 metros en la contrarreloj epílogo de la segunda carrera más importante del planeta.

Y voló… ¡Egan voló! Abrió sus largas alas de cóndor de lado a lado, hinchando el pecho de gloria, a 40 metros de la línea de meta final del Giro de Italia que ya tenía ganado, que ya había ganado.

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Bernal, de 24 años, agarró de nuevo el mundo, como ya lo había hecho en el 2019, cuando fue el campeón del Tour de Francia, la prueba reina del ciclismo de ruta. Y en ese abrazo al vuelo apretó con todas sus fuerzas, en un desahogo profundo los dos últimos años que vivió entre dolores de espalda, el retiro del Tour en el que no pudo defender su título, los problemas personales, las largas sesiones de fisioterapia, las críticas de quienes lo creyeron flor marchita de un día y a sus propios temores de no volver a ser el gran capo del lote mundial.

Egan Bernal

Egan Bernal en la contrarreloj final del Giro de Italia.

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Egan acabó con los fantasmas que se le aparecieron en esa tormentosa escoliosis que lo torturó: un disco de la columna le apretaba un nervio y le bajaba por la nalga a toda la pierna un doloroso corrientazo.

Egan escaló al lugar más alto del podio vestido con la camiseta rosa del campeón, como subió las montañas en caminos de piedra y tierra, exprimiéndole sudor al polvo y desgarrando las piernas de todos sus rivales.

Egan Bernal

Egan Bernal.

Egan dominó la carrera a su antojo. Primero, demoledor, atacó y firmó su declaración de amo y señor del Giro. Luego administró la ventaja y siguió el paso y los gritos de Daniel Martínez, su escudero, su ángel de la guarda, su pedal derecho en la carretera. Y, finalmente, se defendió, corrió con la prudencia de un viejo sabio y administró cada segundo que tenía.

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Así, Egan se trepó a la cima del podio, decía, y empezó a sonar el himno de Colombia, y se hizo inevitable pensar en la actual crisis nacional cuando la melodía llegó al verso: “en surcos de dolores, el bien germina ya”. Eso fue un lugar común en los comentarios de los hinchas en las redes sociales

Egan oyó el himno con las manos en la cintura. No posó. No se llevó la mano al pecho. No se puso firmes. No cerró lo ojos. Por el contrario, le hizo un guiño a alguien. Tenía la tranquilidad del trabajo hecho, la frescura de la juventud que sueña, que lo intenta, que lo hace. Con el tapabocas puesto no se vio si cantó el himno. Cuando se lo quitó tomó dos largos y grandes sorbos de champaña que le inflaron las mejillas. ¡A su salud, campeón, merecidos!

Cuando se lo quitó tomó dos largos y grandes sorbos de champaña que le inflaron las mejillas. ¡A su salud, campeón, merecidos!

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Y le trajeron su trofeo, el Trofeo Sin Fin, esa hermosa cinta chapada en oro de 18 kilates que se eleva en serpentina con los campeones del Giro. Ya estaba ahí el de Egan Bernal, el nombre de la rosa.

Y, entonces, lo cargó como si fuera su hijo recién parido, lo miró asombrado y lo besó con ternura, despacio, muy despacio, alargando el instante para convertirlo en eterno, como ya lo es Egan Bernal, campeón del Giro de Italia y el Tour de Francia.

¡Y apenas tiene 24 años, y vuela…!

MELUK LE CUENTA

GABRIEL MELUK
Editor de Deportes
@MelukLeCuenta

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